25 de octubre. En uno de los tantos cafés del centro de Tunja, el tiempo resiste, al igual que las historias y las casas antiguas que aún se mantienen en pie. A través de la ventana de uno de ellos, se alcanza a ver la Plaza de Bolívar en toda su plenitud. Allí, en medio del aroma a café amargo, apareció Liliana Cabeza: una mujer que habla con la calidez de quien lleva la música en las venas y con la emoción de quien ha hecho del canto la mejor manera de habitar el mundo.
Liliana comenzó a cantar siendo apenas una niña de siete años. Para ese entonces —sin siquiera sospecharlo—, la música ya la había elegido. Su padre, músico chelista, fue el primer metrónomo de su vida. Lo veía ensayar durante horas el mismo compás, una y otra vez, hasta lograr el sonido preciso. “Yo lo observaba y pensaba: ¿cómo no se cansa?”, comenta Liliana Cabeza, quien agrega que en su casa la disciplina se aprendía con el oído: no eran necesarios los discursos, bastaba con escuchar.
Creció entre partituras y ensayos. Más tarde ingresó a la Escuela Superior de Música de Tunja, donde conoció al maestro Fabio Raúl Mesa Ruiz, el hombre que moldeó su formación con una paciencia casi artesanal. Con él aprendió a respirar, a leer la música y a respetar el silencio. Fabio fue su guía, su referencia y, sin saberlo, el origen de la historia que marcaría su vida: la Sociedad Coral de Boyacá, el coro que él fundaría años después.
Liliana estudió música durante doce años. Su infancia transcurrió entre aulas, coros y pequeños escenarios. Sin embargo, como suele ocurrir, la vida la llevó por otros caminos. Se fue de Tunja, vivió en Ibagué —su tierra natal—, luego en Cali y más tarde en Bogotá. Trabajó, formó su familia y, durante muchos años, el canto quedó guardado en el baúl de los recuerdos, aunque nunca del todo olvidado.
En 2008 regresó a Tunja. Una tarde cualquiera se cruzó con su viejo maestro, Fabio. Él la miró, la reconoció de inmediato y le dijo: “vente el miércoles al ensayo del coro”. Ella no dudo un segundo en aceptar. Desde entonces, agradece aquel encuentro que la volvió a encauzar hacia la música.
Quince años después, Liliana no solo sigue cautivando con su voz: ahora también lidera. Es la presidenta de la junta directiva de la Sociedad Coral de Boyacá, una agrupación que lleva treinta años contando las historias del departamento entre sonidos y cantos. En este grupo no hay jerarquías, ni sueldos, ni egos; lo que los sostiene es la pasión y una profunda convicción.
Los martes, a las seis y media de la tarde, el salón de ensayo se convierte en un pequeño universo donde la vida se mide en compases. Allí se mezclan la precisión y la ternura, la disciplina y la risa. Hay quienes leen música con la seguridad de un director, y otros que aprenden desde el oído. “Todos caben. Todos cantan. Aquí no importa si eres músico o empírico; lo que importa es sentir”, dice Liliana.
Actualmente, la Sociedad Coral de Boyacá cuenta con dos directores: Santiago Barbosa, formado en Cuba, y Sergio Niño, formado en Argentina. Dos estilos distintos que se complementan: Santiago aporta modernidad y riesgo, mientras que Sergio imprime estructura y fuerza clásica. Entre ambos han logrado mantener la esencia boyacense del coro dentro de una puesta en escena contemporánea. Su repertorio atraviesa fronteras: música sacra, latinoamericana y, por supuesto, campesina.
Además de cantar, Liliana —diseñadora de modas de profesión— crea los vestuarios del grupo: faldas amplias, camisas con vuelo y trajes que evocan el campo. Cada tela y cada puntada llevan algo de su historia y la de su tierra.
Por estos días, la Sociedad Coral de Boyacá volvió a hacerse escuchar, y con más fuerza que nunca, durante el Festival Internacional de la Cultura Campesina (FICC), que se extenderá hasta el 2 de noviembre. Cuarenta voces, cuarenta historias, un solo compás. Comenzaron con Viva la Fiesta, continuaron con Chatica Linda y cerraron con Lacrimosa, una obra intensa que, según Liliana, “atraviesa el alma”.
No hay artificio. La Sociedad Coral es su otra familia. “Aquí todos somos parte de algo más grande que nosotros mismos. Mi responsabilidad es sembrar la semilla en los jóvenes para que esto no muera”, afirma con la misma ilusión de aquella niña que inició este maravilloso proceso y por el cual ha sido reconocida y aplaudida en infinidad de escenarios.
Y es que sus integrantes no solo cantan: preservan la memoria, sostienen una identidad y mantienen viva la voz de un territorio que vibra cada vez que alguien entona una frase boyacense. Mientras la tarde cae sobre la plaza y los transeúntes vienen y van, la voz de Liliana sigue más viva que nunca… y el Festival Internacional de la Cultura Campesina lo celebra.
COMUNICACIONES FICC 2025